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jueves, 10 de marzo de 2011


Política y marketing

Dom, 06/03/2011

Por Jorge Bruce
Fuente LA REPÚBLICA

Me parece que fue Fujimori (el original) el primero en hablar, en el Perú, del gobierno a través de la gerencia. Es decir que un país puede ser administrado como si fuera una empresa. Lo cual significa que la democracia es también un asunto de marketing, sobre todo en época de elecciones. A su vez, esto último implica que las campañas, propuestas y los propios candidatos deben ser tratados como productos. Incluso los ataques e insultos, esa guerra sucia de la que tanto se ha venido discutiendo, son parte del mercadeo, para lo cual se contrata a expertos como la estrella fugaz JJ Rendón.

El avance en popularidad de esta concepción comercial de la democracia corre paralelo con el creciente prestigio de palabras como empresa, riqueza, gerencia, etcétera. Es un fenómeno mundial. Los valores republicanos han ido cediendo terreno a un conjunto de significados más propios de las escuelas de administración de negocios que de las facultades de ciencia política. Así, no es casualidad que los publicistas sean cada vez más consultados para analizar los resultados de las encuestas, como si fueran estudios de mercado, y los empresarios ocupen cargos en las instancias de gobierno.

Esto es congruente con los spots, carteles, polos, jingles, eslógans y demás elementos típicos de los departamentos de marketing. También con el hecho de que gobernar se parezca cada vez más a decisiones tomadas en reuniones de directorio, en donde la mayoría de peruanos son los pequeños accionistas de una sociedad en la que, en la práctica, no tienen voz ni casi voto.

Esta concepción empresarial de la política acarrea una serie de peligrosas confusiones.

Los ciudadanos no son productos en serie, a diferencia de las cervezas o los televisores. Por lo menos no deberían serlo, tal como una universidad no debe evacuar egresados cortados con el mismo molde. Entre paréntesis, ese parece ser el meollo del conflicto entre mi alma mater, la PUCP, y el arzobispado. Mientras que el Opus Dei, la organización del cardenal Cipriani, impone un pensamiento único a sus seguidores, la Católica se ha caracterizado, en sus más de noventa años de vida, por un pluralismo extraordinario que, lejos de estar reñido con la calidad de la enseñanza, es su condición sine qua non. Esto no puede restringirse a la interpretación de la voluntad de Riva-Agüero, que es el terreno adonde el arzobispado intenta llevar las cosas, con el objetivo inconfesado de matar esa diversidad de opinión.

Pero así como no es una empresa ni una iglesia, un país tampoco es una universidad. Es todo eso y más. Abarcar esa complejidad y traducirla en un proyecto de sociedad en el que una mayoría se pueda reconocer, ese es el desafío que enfrentan quienes pretenden gobernarnos. Esto supone que dejen de tratarnos como consumidores pasivos. A nosotros nos toca exigir nuestros derechos ciudadanos, pensando, comparando, opinando. Queremos ser representados, no transados ni manipulados.

De lo contrario seremos merecedores, como viene sucediendo, de una tanda publicitaria en donde los productos nos reclaman porque son altos, guapos, chistosos, bailarines, tragaldabas, parlanchines, famosos o musculosos.

Haya, el poder que libera

Dom, 20/02/2011

Por Javier Barreda
La República

¿Los tiempos modernos dejan espacio para recordar a los políticos y pensadores que construyeron la mirada crítica del país? ¿Cuánto espacio aún tenemos para pensar en proyectos de trascendencia, en la fuerza y el legado de aquellas biografías de grandes que quisieron construir un país con ciudadanos? ¿Hasta dónde el pragmatismo, el individualismo, los desencantos, permiten seguir los pasos de personajes míticos en la política? ¿Cuánto vale la pena, cuántos réditos da destacar, recordar, figuras como la de Haya de la Torre?


Este 22 de febrero se cumplen 116 años del nacimiento del político moderno de la vida republicana.  Haya de la Torre ha personificado la emergencia popular organizada, el deber social de la política y, sobre todo, la política como formación ciudadana.

Impulsó las Universidades Populares como puente entre  el pensamiento universitario  y  los trabajadores de su tiempo, como preámbulo a lo que él llamó la universidad social del futuro.En medio de las tensiones persecutorias reflexionaba, escribía y organizaba. La vorágine de la política y sus especiales tensiones no le cohibieron de redactar a diario cartas a sus militantes e incluso a sus seguidores presos por principios.

Si algo muy  trascendente tenía Haya era su voluntad por enseñar, generar con-ciencia, hacer pedagogía, hacer política con fe. Solo los que “tengan conciencia transforman sin temor” escribía en su juventud. Y sus libros tienen en esencia la búsqueda del saber para la acción política, pero antes: saber.  Diagnóstico y acción en El antiimperialismo y el APRA, reflexiones  acerca  de  la  historia  en  su libro sobre Toynbee; visión madura del mundo socialdemócrata en Mensaje de la Europa Nórdica y tantos más.

Sus palabras, sus discursos, más que inducir querían convencer, despertar conciencias, liberar. Ese fue el valor transversal en sus actos y obras. Educar al pueblo soberano. La razón abierta emancipaba, liberaba espíritus. Solo la educación permitiría “abrir la mente a la comprensión del mundo nuevo”. Y esa era la misión fundamental de la “buena política”: educar, liberar, emancipar. Y por ello, la política no podía  ser no-democrática. Y el poder, al ser democrático para Haya, estaba obligado a  ”ser un poder educador”.
 
Pero nos podemos preguntar: ¿por qué la política de hoy no emancipa, no genera ciudadanos? Porque se extiende en un mundo de transformaciones técnicas y comunicativas que generan una política marketing, del poder no- educador.  Como escribió Vicente Verdú, la política de hoy se ha convertido en un ritualismo que disfraza el poder de lo económico y el vacío del propio poder.  El pragmatismo del mensaje corto gana espacio. Nuestras democracias se reducen a una lucha de frases como refiere Ferrer Rodríguez. La mala política de hoy libera menos que la revolución de las comunicaciones y esta revolución si no deriva en una buena política no construye ciudadanos con valores.

La política con trascendencia, con valores,  debe volver en un mundo con variadas transformaciones: la “Mac política” y el “Mac empleo”, la democracia sin ciudadanos a tiempo completo, la lógica del shopping en el voto preferencial. ¿Estos nuevos escenarios permiten la política educadora, el poder educador, que Haya de la Torre practicaba y reclamaba en otros? Para ello, hace falta en la política la educación de los ciudadanos, agregar desde la buena política el razonamiento  necesario que complemente la revolución de la información y las comunicaciones que vivimos. Estas últimas por sí mismas no construyen democracia y ciudadanos, si a la par no se generan políticos con valores, imaginación y proyectos sociales que liberen y lideren a los nuevos ciudadanos.