lunes, 29 de agosto de 2011


La idea de progreso en el debate político



Fuente La República
Por: José Távara
Profesor PUCP.
La idea de progreso empieza a constituir uno de los ejes centrales en el debate político y puede determinar los resultados de las próximas elecciones –tanto las de octubre como las de abril próximo. El progreso refiere a la acción de ir hacia adelante, de avanzar y perfeccionarse, de mejorar la condición humana. Lo opuesto al progreso es la regresión y el atraso.
Sin embargo, en la vorágine de nuestra época esta idea de progreso puede resultar elusiva, por lo que debemos recordar algunos principios. La Constitución establece que “la defensa de la persona humana y el respeto de su dignidad son el fin supremo de la sociedad y del Estado”. Según este principio, la condición esencial del progreso es reconocer y defender el derecho de todos a una vida digna, en especial de las personas más pobres, que son las más débiles y vulnerables. Las saludables reacciones contra el inmoral DL 1097  nos recuerdan que no puede haber progreso con silencio cómplice e impunidad frente a los crímenes, pues la paz solo puede fundarse en la verdad y la justicia, como base de la reconciliación.  Las controversias y los silencios sobre este tema permiten distinguir muy bien a aquellos que están con el progreso de aquellos que están con la barbarie.
Una sociedad progresista construye ciudades inclusivas, sus líderes trabajan por elevar la calidad de vida y brindar seguridad a sus ciudadanos, sin subordinarse a los negocios y las ganancias privadas. El progreso no es sinónimo de crecimiento inmobiliario, sino que exige la defensa de nuestro hábitat y la creación de espacios públicos abiertos a todos. También supone la provisión eficiente de servicios públicos fundamentales como la seguridad y el transporte, hoy sumidos en el caos por la desregulación irresponsable y el debilitamiento del Estado. El progreso requiere de líderes regionales capaces  de asumir con firmeza sus funciones, de concentrar sus energías en reformas críticas, como en educación y salud, de elevar los estándares de transparencia y enfrentar la corrupción en todas sus formas.
Además, en un país culturalmente diverso y complejo como el nuestro, las agrupaciones caudillistas y los clanes con líderes hereditarios son sinónimo de atraso. El progreso sólo puede sustentarse en organizaciones democráticas, tolerantes y abiertas a todas las culturas, dispuestas a renovar su liderazgo y sus propuestas con la participación activa de los jóvenes. No puede haber progreso sin libertad para soñar en una sociedad más justa, con mayor calidad de vida, lo cual exige infundir confianza y promover acuerdos cada vez más amplios. Un signo evidente de atraso es la prédica dirigida a infundir miedo en las propuestas innovadoras de cambio y desarrollo, apelando a reacciones instintivas que bloquean el razonamiento, siembran divisiones y alientan proyectos autoritarios.
Las nuevas ideas del progreso en economía parten de reconocer los límites de los modelos de crecimiento que degradan el medio ambiente, reproducen las desigualdades, reducen la calidad de vida de las generaciones actuales y amenazan la sobrevivencia de generaciones futuras. Desde esta perspectiva, el progreso no es sinónimo de crecimiento, sino que más bien exige innovar y reorientar nuestra civilización, adoptando nuevas tecnologías y patrones de consumo, a fin de elevar la calidad de vida de todas las personas.
Definidos así los campos, es natural que los líderes políticos – incluso los más retrógrados– aspiren a proyectar una imagen de progreso, atribuyendo a sus rivales la defensa de ideas atrasadas y fracasadas. Y usted, amigo lector, ¿podrá distinguir a los líderes progresistas de “los dinosaurios”?

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