jueves, 8 de marzo de 2012


César Hildebrandt- Diálogo frente a la subversión

César Hildebrandt fue consultado en 1989 por la periodista Maria del Pilar Tello sobre temas gravitantes en esa época y cuyo análisis resulta interesante retrotraer debido a la necesidad de refrescar la memoria de los peruanos con respecto a la época de violencia que nos tocó sufrir.

La entrevista toca temas como el papel de la Izquierda peruana, la prensa y las FF.AA frente al acoso criminal del terrorismo que ,por esos años, alcanzó su hito más nefasto para nuestro país.

El libro que contiene éste análisis de Hildebrandt se titula "Sobre el volcán. Diálogo frente a la subversión" cuya autora es Maria del Pilar Tello (en aquella época editorialista en La República) y fue publicado por el CELA.

A continuación un resumen de la entrevista al periodista.


SOBRE LA RELACIÓN ENTRE LA IZQUIERDA Y EL TERRORISMO:

Principales miembros de la alianza electoral "Izquierda Unida" en pleno apogeo.

La izquierda no solo ha diluido su discurso de cambio sino que es impermeable a su propia modernidad. Cuando uno revisa los textos de Mariátegui, aún los menos importantes, se da cuenta que Mariátegui fue vital para la izquierda latinoamericana porque fue moderno, porque entendió el mundo, lo que era la revolución del Kuomingtan, porque claramente vio hacia dónde podía marchar el industrialismo europeo… ¿Dónde está el Mariátegui de la izquierda peruana de hoy? ¿En donde se perdió? ¿En que año? ¿Por qué hay ese horrible vacío entre la muerte de Mariátegui y la izquierda de los ochenta en Perú? 

Es la Izquierda ,electoralmente, muy importante y sin embargo con menos liderazgo ideológico¿Dónde está el debate de la izquierda en términos de su propia modernidad, sobre la perestroika, sobre el colapso de ciertos valores marxistas que la propia casa matriz, la URSS, admite? “(página 235)

Lo que pasa con la izquierda, en mi opinión, entre otras cosas, es que su discurso radical creó las bases para el crecimiento de Sendero. A nivel retórico la izquierda ha cultivado un discurso tan jacobino que no hay mayores diferencias entre el sector libio del PUM y Sendero. Lo que sucede es que a la hora de la acción los libios no dan el salto hacia el exterminio del enemigo, hacia la demolición de las SAIS, pero comparando programas y esquemas no hay mayores diferencias entre la sociedad “libia”, entre comillas, y la propuesta de Sendero. Lo que pasa es que unos se atreven y otros no. Entonces la izquierda aparece entrampada entre un discurso radical que favorece a Sendero y la necesidad de deslindar con Sendero.

¿Pero deslindar que? ¿Sendero no es marxista?, claro que lo es ¿Sendero no es comunista?, claro que lo es. ¿Sendero no es leninista?, claro que lo es ¿Sendero no es maoísta? Si, lo es… ¿Sendero no es acaso una expresión cabal del Marxismo leninismo?..” (Página 236)

Sendero le recuerda a la izquierda que su coherencia final consiste en promover la guerra civil y que la izquierda electoral es una ficción pasajera. Que la izquierda llena de modales y corbatas y buenas maneras es en todo caso la caricatura pero no la imagen real.” (Página 236)

¿La izquierda peruana quiere ahorrarle al Perú los 65 años de crímenes estalinistas que padecieron los pobres soviéticos? ¿Quieren ahorrarlos o no? ¿Por qué no se debate eso?... El asunto no es competir con Sendero en radicalismo porque el radicalismo no es sino otra expresión de la barbarie y del atraso… ¿Qué han entendido los chinos después de muchos años? Que no hay un esquema de redistribución del ingreso si no hay base económico, y todo lo demás son cuentos. Veamos a dónde nos han conducido las experiencias izquierdistas en América Latina en los últimos años… Chile de Allende, Nicaragua sandinista, la Bolivia de Siles, el populismo peronista del 45. 

Todos los esquemas de la izquierda latinoamericana fallaron por el mismo patrón: redistribución sin divisas, base material desdeñada, economía desastrosa, inflación, colapso. La economía no es voluntarista y el señor Gorbachov lo ha entendido perfectamente.” (Página 237)

“Sabemos algunas cosas: Primero: a nadie se le puede imponer la felicidad; segundo, la colectivización no funcionó en ningún país del mundo; tercero: el agro no debe subsidiar a las urbes; cuarto: el mercado no se puede derogar por decreto; quinto: la tecnificación en la agricultura es imprescindible, etc. 

No estamos en los épicos umbrales del socialismo. Estamos hablando del señor Gorbachov y del desmantelamiento de un sistema que significó veinte millones de crímenes y treinta años de atraso en la informática, nada menos. Estamos hablando de un país militarmente poderoso y económicamente débil que ahora quiere ser militarmente neutral y económicamente poderoso” (Página 240)

“Además hay un elemento adicional que pertenece mucho más a Freud que a Marx y es el paralizante sentimiento de culpa que hace que muchos políticos sean verdaderamente incapacitados de competir con Sendero en tanto que de algún modo le atribuyen a Sendero acción y heroísmo. Y me explico por qué algunos parlamentarios de izquierda, en el establo del que hablaba Lenin, un poco contaminados de sistema y a veces de podredumbre, pueden creer que efectivamente el heroísmo está en Sendero y que ellos de algún modo se han contaminado del sistema y entonces la condena no funciona. Y este sentimiento se da tanto en el parlamentario de izquierda como en el policía que vive en el mismo pueblo joven en el que Sendero recluta gente y probablemente en el profesor del SUTEP que también apuesta por la violencia en la medida que el sistema no los acoge. Hay un trabajo a largo plazo pro Sendero, es decir el sistema peruano trabaja para Sendero.” (Página 243)

“La pregunta es ¿cuánto de premeditación y de interés hubo en ese silencio por parte de algunos izquierdistas, interesados aún ahora, en mirar mucho más a El Salvador que a Ayacucho? En realidad muchos izquierdistas están por el triunfo de Sendero, aunque no se atrevan a decirlo. “ (Página 245)

“De algún modo el estalinismo y la práctica de úkase y del exterminio del adversario del Partido Comunista de Del Prado, en cuarenta años de hegemonía ideológica de izquierda, ha mutilado la función de la discusión y el debate. Si tú te pones a pensar que en el programa de Huampaní hay línea y media dedicada a la Perestroika, sin nombrarla y al mismo tiempo piensas que la Perestroika es por lo menos el fenómeno mas importante del marxismo en lo que va de su existencia, vas a llegar a la conclusión de que la izquierda peruana, siendo como digo la mas importante electoralmente, es la ideológicamente más pobre” (Página 245)

"Mientras haya sectores violentistas infiltrados en Izquierda Unida, disfrazados de candidatos, el debate político peruano no va a estar claro” (Página 250)

“Yo creo que buena parte de UNIR, el sector libio del PUM, algunos sectores obreros y estudiantiles del Partido Comunista marchan estratégicamente hacia la violencia insurreccional… No sé si se aliarán a Sendero, no se sí constituirán tienda aparte, los veo mas próximos al MRTA, en todo caso…” (Página 253)

“No, no es menos peligroso, es mucho mas humano. Es una propuesta mucho más próxima a las de la Izquierda Unida. La discrepancia entre el MRTA y la Izquierda Unida es de métodos y de tiempo, pero no es de programa…”(Página 255)

El MRTA no tiene problemas ni conflictos programáticos con la izquierda, tiene problemas de método y de plazo con la izquierda. Lo que ésta quiere hacer por la vía electoral el MRTA lo quiere hacer rápidamente por la vía de las armas. Me da la impresión que el MRTA se ha resignado a ser un elemento de presión sobre una hipotética izquierda en el poder, a funcionar como funcionan las FARC en Colombia en relación a los grupos institucionales de izquierda, como es el M19, elementos tensores que son fiscalizadores permanentes del actuar legal de la izquierda, pero Sendero es otra cosa, sin lugar a dudas…” (Página 255)

(Entrevistadora): Cuándo señalas que la izquierda no quiere reconocer esa continuidad. ¿Quieres decir que la izquierda está de acuerdo con Sendero?
Cesar Hildebrant: Por supuesto. Hay un sector de la izquierda que está de acuerdo con ellos. No me cabe la menor duda: PUM, UNIR y parte del PCP. No puedo ser tan tonto para no darme cuenta de eso.”(Página 258)


SOBRE EL PAPEL DE LAS FUERZAS ARMADAS (FFAA) :

Miembros del Ejército del Perú en operaciones antisubversivas en el VRAE

“Yo no creo que haya un divorcio entre la fuerza armada y la civilidad, creo que la Fuerzas Armadas de algún modo ha perjudicado su imagen en los últimos años porque la experiencia de los doce años de régimen militar un tanto que la asqueó de todo lo que fuese política y ha permitido muchos malentendidos, pero creo sinceramente que no hay una objeción central de la sociedad peruana frente a la Fuerzas Armadas”

La matanza de los penales no fue la fuerza armada, fue una matanza virtualmente decretada por el gobierno aprista. Los excesos de Ayacucho han sido la respuesta brutal a las barbaridades de Sendero y es cierto que la fuerza armada ha actuado con repudiable lenidad en algunos casos específicos. Me refiero al comandante Artaza y al subteniente, ahora teniente, Telmo Hurtado. Pero yo sí hago un distingo muy claro a estas alturas de la guerra. El exceso mayúsculo corresponde a Sendero y los excesos de la fuerza armada son francamente diminutos en relación a lo que está costando al Perú la guerra de Sendero…” (Página 247)

“No es una guerra sin derechos, es una guerra. Nuestros académicos y latinos queremos una guerra pulquérrima. No hay guerras pulquérrimas. Dame un solo ejemplo de guerra donde los tratados de Ginebra se hayan respetado escrupulosamente. Solicito un ejemplo de guerra sin excesos, un solo ejemplo. ¿Hiroshima no fue un exceso?” (Página 247)

Sendero trabaja para la lógica de la guerra civil, en la fascistización de la sociedad peruana. La pregunta es: ¿será la democracia suficiente para derrotar a Sendero?” (Página 248)


SOBRE LA RELACIÓN ENTRE LA PRENSA Y LAS FFAA:

“Las Fuerzas Armadas tienen un largo escarmiento en cuanto a sus relaciones con la prensa. La prensa ha tenido un papel perverso en términos generales. Siempre ha ido, tuerta y manca, a escarbar un solo lado de los Derechos Humanos. Jamás se ha interesado en la situación de los combatientes de las Fuerzas Armadas. De algún modo todos hemos sido senderistas, moralmente hablando. De algún modo todos nos hemos inclinado, por el remordimiento de vivir en un país tan injusto, del lado del supuesto débil porque de algún modo en el inconsciente colectivo del Perú se le reprocha a las Fuerzas Armadas mucho, desde la guerra con Chile hasta la frustración del reformismo militar… Pero la pregunta es ¿cómo hacer para que la prensa tuviese acceso pleno a la zona de emergencia y tuviese al mismo tiempo capacidad de dar versiones honestas sobre lo que ve?, ¿Cuántos corresponsales de diarios amarillentos dirían la verdad? ¿Cuántos analfabetos de la comunicación metidos a periodistas, tienen derecho o autoridad moral o intelectual, de ir a una zona de guerra y contar la historia de verdad? No el exceso alcohólico de un subteniente, sino la guerra de verdad…” (Página 251)

El mensaje global, María del Pilar, de los medios de comunicación, incluyendo los que yo eventualmente he dirigido y esto es una autocrítica, es que la Fuerza Armada es violadora de derechos humanos y no hemos subrayado suficientemente nuestra condena en relación a Sendero y hemos pecado de cobardía en esto…” (Página 252)

“(La entrevistadora dice que la hipótesis es que Sendero Luminoso es el mayor violador de DDHH)
César Hildebrandt: No es cierto pues y me atrevo a retarte. Anda al PUM y pregunta. Pregúntale al señor Diez Canseco ¿quién viola más los derechos humanos? Y me das la respuesta…” (Página 252)

“Hay una lectura ideológica del problema: que nosotros le hemos dado la espalda a la Fuerza Armada, la hemos dejado sola y luego le hemos reprochado excesos en parajes remotos donde no hay ley ni Dios…” (Página 253)

Les hemos dicho que acaben con el problema y luego les hemos criticado por ser abusivos. Una vez que hemos producido su repliegue les hemos preguntado porque no actúan y cuando han vuelto a actuar les hemos vuelto a enrostrar excesos, sólo excesos. Luego nos preguntamos por qué no actúan y nos sorprendemos que ,respondiendo al reto bestial de Sendero, haya “gauchos”… y ¿por qué nos sorprende? ¿Deben ser todos cristianos militantes, dadores de la otra mejilla?... ¿Así es la guerra tan idílica?” (Página 253)

"Hay una lectura ideológica del problema: que nosotros le hemos dado la espalda a la Fuerza Armada, la hemos dejado sola y luego le hemos reprochado excesos en parajes remotos donde no hay ley ni Dios" - Cesar Hildebrandt



Izquierda - Entre los Balances y el Wishful Thinking


08 de marzo de 2012
Fuente Original: Desde el Tercer Piso
Escrito por José Alejandro Godoy

En las últimas semanas se ha discutido mucho en varios medios de comunicación acerca de la izquierda peruana. Se ha apelado al pasado para saber en qué falló el único gran momento de unidad que tuvo la zurda nacional y se piensa en ella desde un horizonte de futuro vinculado al color verde, no por las chalinas de Susana Villarán, sino por una agenda vinculada al medio ambiente y a los recursos naturales.
Hace algunas semanas apareció “Apogeo y crisis de la izquierda peruana”, volumen editado por Alberto Adrianzén en la que se intenta hacer un balance generacional sobre lo que fue la experiencia de Izquierda Unida. El libro resulta valioso como testimonio de un grupo bien intencionado, variopinto, pero con severas dificultades para tener un proyecto unitario, coherente y que pudiera superar las contradicciones de una época difícil.
Sin embargo, como bien señaló Carlos León Moya en La República, este volumen también presenta algunas limitaciones. Faltan citas a textos que han profundizado más en los factores sociales y políticos que causaron la división izquierdista y no existe una mirada comparada con otras experiencias zurdas contemporáneas (por ejemplo, el Partido de los Trabajadores de Brasil o el Frente Amplio de Uruguay). Paradójicamente, si bien muchos de los entrevistados enuncian una autocrítica, varios de los errores indicados por ellos a lo largo del libro se han repetido en la actuación que han tenido frente al gobierno de Ollanta Humala.
Quizá uno de los mayores errores sea una desacertada lectura de la realidad, sobre todo en lo que respecta a las movilizaciones sociales que se han dado en la última década. Cada una de ellas ha sido acompañada por artículos bastante idílicos sobre sus posibilidades de afianzamiento de unidad con sus bases (ejemplo claro, las columnas de Javier Diez Canseco acerca de la Cumbre de los Pueblos hace 4 años) y que ello pudiera llevar a un movimiento mayoritario a favor de grandes transformaciones en el país.
Sin embargo, el país no es tan progre como ellos quisieran –ni tan conservador como cierta derecha lo pinta– y, por tanto, estas movilizaciones tienen carácter limitado. La “Marcha por el Agua”, materia de artículos sobre la aparición (o la imposibilidad de surgimiento en el contexto peruano) de una “izquierda verde”, sigue mostrando cómo la izquierda está más preocupada por un repertorio de protesta antes que por la construcción de una alternativa de gobierno.
(Columna publicada en Diario 16 el 08.03.2012)
MAS SOBRE EL TEMA:
Carlos León Moya: Elogio del adversario

domingo, 20 de noviembre de 2011


El Papel de los Intelectuales


Por Salomón Lerner Febres
Fuente Bajo La lupa
13 de noviembre de 2011
En una comprensión general del término intelectual, éste es quien trata o trabaja con ideas. De una manera más delimitada podríamos decir que el concepto abarca tanto a quienes elaboran una interpretación de nuestro presente y una propuesta sobre el futuro, cuanto a quienes pueden, al fin y al cabo, hacer que esas ideas se conviertan realmente en representación colectiva, en valor social, en ideas compartidas. Desde esta segunda perspectiva, menos restrictiva, no sólo el escritor original o el investigador erudito son intelectuales; lo son también los periodistas, los maestros de escuela, en fin, todos aquellos que, al hacer circular razones, opiniones, visiones del mundo dan forma al mundo mental colectivo en que vivimos.
En tal contexto, vale la pena preguntarse cuál es la responsabilidad que tienen los productores y difusores de ideas frente al Perú de hoy y frente al país que él podría ser en las décadas por venir. La premisa que está detrás de esta pregunta reside en que el intelectual cumple una función fundamental en el sentido más estricto de la palabra, pues ayuda a reconocernos. Como una realidad social, que se halla aún en trance de ser y brinda a partir de allí las ideas que puedan fundar el futuro bueno que todos deseamos.
Democracia, desarrollo, paz, convivencia plural, son lamentablemente en el Perú, realidades todavía por ser edificadas. Quizá por ello, justamente, la tarea que históricamente se ha esperado del intelectual sea la elaboración de una síntesis, la formulación de una propuesta de un proyecto nacional.
Tienta decir que hoy –salvo por la existencia de ciertos grupúsculos autoritarios y reaccionarios– ese proyecto, en sus contornos más generales y abstractos, se halla claramente identificado: el Perú del siglo XXI debe hacer realidad el ideal de una democracia representativa e incluyente y ha de embarcarse en un desarrollo expresado en bienestar general que, sin excluir el ideal del crecimiento económico, pero evitando hacer de él un fetiche que sustituya el fin real, vaya más lejos para así alcanzar lo que hoy se entiende como desarrollo humano: habilitación de las personas para el ejercicio de sus capacidades y, principalmente, el goce de su libertad.
Ciertamente si tal proyecto estuviera así de claro, el papel del intelectual podría resultar identificado o confundido con el rol de quienes han de concebir los medios para la realización de esa idea. Esto, sin embargo, debería evitarse si no deseamos que la distancia entre el intelectual y el experto en técnicas administrativas y financieras, en métodos de planificación y ejecución, se pervierta de manera que el primero cumpla un papel irrelevante como creador y como crítico.
Ahora bien, resulta que tan pronto como se mencionan las metas de la democracia o la del desarrollo, nos damos cuenta de que ellas no gozan en absoluto de la aceptación general que suponemos tienen. Y lo más problemático es que esa falta de universalidad no obedece a un cuestionamiento del desarrollo social y la democracia por medio de discursos implícitos y articulados, por obra de ideologías rivales frente a las cuales quepa tomar posición. Por el contrario, estas nociones son, o han sido, víctimas de un proceso imperceptible de corrupción por el cual la democracia ha llegado a ser comprendida, de modo reductor, como el ejercicio arbitrario de los cargos obtenidos mediante votos y el desarrollo, en muchas ocasiones, se ha convertido, para las elites gobernantes y empresariales, en mera preservación de los equilibrios macroeconómicos o, en el mejor de los casos, en la generación de empleos en condiciones premodernas de explotación.
Ante esa situación, el papel de los intelectuales en el Perú vuelve a ser el de propulsores de una idea. Pero ésta ya no será, creemos, esa idea minuciosamente normativa, repleta de contenidos y determinaciones, de los pensadores de los siglos XIX y XX, propia de una época de mayor autoconfianza, pero también aparejada de una menor sensibilidad a las diferencias culturales del país.
Lo que hoy toca hacer es una tarea más general, más urgente. Se ha de restaurar la imaginación política en el país; fundamentar y difundir una autocomprensión del Perú en la que la discusión sobre los fines vuelva a tener sentido, y, donde la deliberación ideológica organizada, y honesta, anteceda a la toma de decisiones que afectan a la mayoría de la población y no se impongan como si fueran leyes de la naturaleza en lugar de lo que verdaderamente son: visiones del mundo, intereses determinados y preconceptos de un grupo social en particular, opiniones que han de ser cotejadas con otros sentidos comunes, otros intereses y visiones.
Y esa tarea: la de la recuperación de la política como deliberación, resulta particularmente apremiante en un país que, como el nuestro, alberga una rica pluralidad cultural y tolera, casi diríamos se complace, en una insultante desigualdad socioeconómica.

viernes, 11 de noviembre de 2011


La ideología de la inferioridad latinoamericana: Componentes religiosos y raciales (Parte 1 y 2)


09 de noviembre de 2011

Un Teddy Roosevelt blanco y agigantado, abre paso a la civilización en Panamá. América Latina es representada por pobladores de tez morena y estatura inferior. Roosevelt hace gala de su nueva diplomacia, consistente en hablar de manera suave pero, eso sí, portando un gran garrote para instaurar el orden deseado si sus palabras no son tomadas en cuenta. La caricatura pertenece a William Allan Rogers y apareció en “The New York Herald” en el año 1904.

La ideología de la inferioridad latinoamericana:
Componentes religiosos y raciales
(Parte 1)

Escribe: César Vásquez Bazán

           Desde los años iniciales de los Estados Unidos como república, ha existido en este país una ideología que considera a América Latina como su patio trasero y que entiende a nuestra región como un área degradada del mundo, conformada por pueblos mediocres, de escasa o nula importancia. Más precisamente, esta ideología entiende a América Latina como un territorio habitado por individuos de rango inferior, indignos de ser llamados –y de ser considerados− americanos.

            El político estadounidense Teodoro Roosevelt (1910, 27) explicó hace más de un siglo que la calificación de americanoestá reservada para los residentes del país del norte y no para los habitantes del patio trasero. Luego de señalar que los ciudadanos de Estados Unidos “tenían en sus venas menos sangre aborigen que cualquiera de sus vecinos [latinoamericanos]”, Teddy señaló que “era de destacar que [los países latinoamericanos]” hubieran permitido tácitamente que los estadounidenses se apropien del título de americanos para designar su nacionalidad distintiva e individual”.

            Además de cumplir el papel de patio trasero de Estados Unidos, América Latina es considerada por esta ideología como “las sobras del mundo”, por citar la curiosa frase del economista del Banco Mundial y autor Rudiger Dornbusch (1990, 129). Debido a su insignificante poder económico y político, América Latina es vista como una región del mundo en la que la historia nunca se produce. El Secretario de Estado Kissinger explicó con claridad lo que podría denominarse el axioma de la superioridad geopolítica de los países del norte: “América Latina no es importante. Nada importante puede venir del Sur. La historia nunca se ha producido en el Sur. El eje de la historia comienza en Moscú, se traslada a Bonn, cruza a Washington, y luego se dirige a Tokio. Lo que pase en el Sur no tiene ninguna importancia” (citado por Hersh, 1983, 263).

            El propósito de la serie de artículos que hoy comenzamos a publicar es analizar las fuentes y la razón de ser de la ideología de la inferioridad latinoamericana. Sin negar el papel central desempeñado por factores económicos y políticos en la definición de esta peculiar doctrina, nuestro estudio hará hincapié en los fundamentos religiosos y raciales de una visión ideológica que estaba vigente siglos antes de la primera aventura imperialista de los Estados Unidos más allá de su frontera sur.

            Trataremos de probar que la ideología de la inferioridad latinoamericana es una consecuencia de la percepción de las élites dominantes de EE.UU. sobre la posición de este país en el mundo, su misión política global, y el papel redentor que deberían cumplir sus habitantes blancos con respecto a las poblaciones de países entendidos como inferiores.

            Argumentaremos que los elementos que contribuyen al nacimiento de la ideología de la inferioridad latinoamericana se encuentran en los dogmas religiosos y raciales traídos por los anglosajones en su migración a la América del Norte durante el siglo XVII. Con el transcurrir del tiempo, estas creencias fueron aceptadas y asumidas por la mayoría de la población estadounidense, siendo incorporadas por el liderazgo político norteamericano como supuestos implícitos de su política general y exterior. Tras décadas de evolución, los componentes religiosos y raciales de esta doctrina de inferioridad se convirtieron en factores que permitieron racionalizar el dominio económico y político de América Latina por los Estados Unidos. Fue así como la creencia en la inferioridad latinoamericana adquirió de manera imperceptible el carácter de ideología nacional. Hoy se encuentra profundamente arraigada en las clases dirigentes y en un amplio sector de la población de los EE.UU. Sintomáticamente, al mismo tiempo, se encuentra excluida de la discusión académica y pública.

Referencias
Dornbusch, Rudiger W. 1990. Policy Options for Freer Trade: The Case for Bilateralism. pp. 106-141 en An American Trade Strategy: Options for the 1990s, editado por Robert Z. Lawrence, y Charles L. Schultze. Washington, D.C.: The Brookings Institution.
Hersh, Seymour M. 1983. The Price of Power: Kissinger in the Nixon White House. New York: Summit Books. Hersh cita a Henry Kissinger durante una entrevista con Gabriel Valdés, Ministro Chileno de Relaciones Exteriores. La conversación tuvo lugar en la Embajada Chilena en Washington, D.C., en junio de 1969.
Roosevelt, Theodore. 1910. The Winning of the West. Homeward Bound Edition. 4 vols. Vol. I. New York: The Review of Reviews Company.


Puede autogobernarse una América Latina poblada de mestizos, negros y católicos? 

La ideología de la inferioridad latinoamericana.- Componentes religiosos y raciales (Parte 2)

Mientras el maestro anglosajón trata de enseñar el significado del concepto democracia, un alumno latinoamericano, de apariencia morena, demuestra no tener interés en la lección. La caricatura pertenece a William H. Crawford y fue publicada en el New York Times  del 22 de diciembre de 1963 con la leyenda ¿Puede la clase prestar atención, por favor? ¿Quizá algún alumno? 

Escribe: César Vásquez Bazán

Las élites dominantes de los Estados Unidos creyeron encontrar la explicación de la inferioridad de América Latina en las condiciones políticas, culturales y económicas imperantes en nuestra región.

En el ámbito político, los líderes estadounidenses señalaron como característicos los continuos conflictos internos de América Latina –muchos de ellos derivados en golpes de estado o guerras civiles; la consecuente inestabilidad de los gobiernos hispanoamericanos; la rampante corrupción existente en las esferas oficiales y la carencia de instituciones democráticas eficientes. En materia cultural, indicaron como determinantes la ignorancia, el fanatismo y la pereza de su población. En el campo económico, el atraso y la pobreza de los países del área fueron entendidos como indicadores infalibles de la inferioridad latinoamericana.

En el pensamiento dominante estadounidense, la interacción de las condiciones anteriores resultó, desde el punto de vista de los movimientos de la población, en la generación de corrientes migratorias de “personas indeseables” –provenientes de América Latina– hacia los Estados Unidos. En 1913, el presidente estadounidense William H. Taft presentó como ejemplo el caso de los inmigrantes mexicanos (Taft 1973, 77). En la actualidad, posiciones similares son defendidas por influyentes políticos de Washington. Por ejemplo, refiriéndose a las migraciones hacia los Estados Unidos, el líder conservador Patrick Buchanan comentó: “El tema candente aquí… tiene que ver, casi totalmente con la raza y el carácter étnico. Si ciudadanos británicos, huyendo de una depresión, entraran a este país [los EE.UU.] a través de Canadá, no se produciría mayor alarma. La objeción central al actual flujo de inmigrantes ilegales es que no se trata de gente blanca que hable inglés y que provenga de Europa occidental; lo que llega es gente que habla español, negra o de color de piel marrón o café, proveniente de México, América Latina y el Caribe” (citado por Berlet y Quigley 1995, 37).

América Latina: autogobierno, federación política y pobreza

Desde principios del siglo XIX, resultaba claro para las clases dirigentes de Estados Unidos que lo que ellas consideraban la ignorancia de los pueblos latinoamericanos, la falta de visión de sus líderes, y la influencia de la Iglesia Católica, afectarían negativamente la capacidad de autogobierno que podría desarrollar la región.

En 1811, en una carta dirigida a Alexander von Humboldt, el tercer presidente de los Estados Unidos –Thomas Jefferson– hizo explícita su opinión inicial sobre el tema. Escribió al respecto: “¿Qué clase de gobierno establecerán [los latinoamericanos]? ¿De cuánta libertad pueden gozar sin que se intoxiquen con ella? ¿Están sus líderes suficientemente iluminados como para formar gobiernos bien establecidos? ¿Está su gente preparada para supervigilar a los líderes? ¿Han colocado a sus indios [asimilados a la sociedad criolla] en pie de igualdad con los blancos?... A menos que la educación pueda transmitirse entre los indígenas con mayor rapidez que lo que demuestra la experiencia, las sociedades latinoamericanas se verán afectadas por el despotismo antes que estén listas para defender los avances que hubieran obtenido” (Whitman 1945, 271).

Siete años después, en 1818, las preocupaciones originales de Jefferson dieron paso a una visión aún más pesimista sobre las perspectivas de autogobierno de los países de América Latina. Refiriéndose a los latinoamericanos, Jefferson explicó: “El enemigo peligroso [que tienen] está dentro de ellos mismos. Sometidos al despotismo religioso y militar, la ignorancia y la superstición encadenarán sus mentes y sus cuerpos. Creo que sería mejor para ellos obtener la libertad sólo en forma gradual. Progresivamente obtendrían el conocimiento y la información [que necesitan], para hacerse cargo de sí mismos con la comprensión debida; con mayor seguridad si, paralelamente, se ejerce sobre ellos sólo el control que resulte necesario para mantenerlos en paz unos con otros” (Cappon 1959, 524). 

No fue sino hasta 1821, año en que el Perú alcanzó la independencia política de España, que el presidente Jefferson llegó a su conclusión final. Sentenció que América Latina era una región incapaz de vivir en democracia. Jefferson escribió: “Desde un principio temí que estas gentes no estuvieran suficientemente iluminadas para practicar el autogobierno y que, después de experimentar hechos de sangre y masacres, terminaran viviendo bajo tiranías militares, más o menos numerosas” (Cappon 1959, 570).

Otros líderes de la independencia de Estados Unidos compartieron opiniones similares con respecto a América Latina. Lleno de dudas, John Adams, segundo presidente de los Estados Unidos, escribió: “[Los latinoamericanos] serán independientes de España. Sin embargo, ¿podrán tener gobiernos libres? ¿Puede coexistir un gobierno libre y la religión católica romana?” (Cappon 1959, 523).

Los dirigentes estadounidenses asumieron que siguiendo su ejemplo, la América Latina independiente establecería una federación de estados, conformada por democracias prósperas. Sin embargo, observaron que esta posibilidad se vería obstaculizada por la sucesión de movimientos revolucionarios, crisis fiscales y brotes de corrupción gubernamental. En un ensayo publicado en The Forum, en 1894, el futuro presidente Teodoro Roosevelt percibió esta realidad y la atribuyó a las discordias existentes entre las naciones de América Latina: “El espíritu de patriotismo provincial y la incapacidad para asumir el compromiso de adhesión a la patria grande ha sido la causa principal que ha producido semejante anarquía en los estados de América del Sur. Esto ha dado lugar a que se presente ante nosotros, no una gran federación de naciones hispanoamericanas –que se extienda desde el Río Grande hasta el Cabo de Hornos– sino una multitud conflictiva de estados, plagados de revoluciones, ninguno de los cuales ha llegado a adquirir, siquiera, el rango de una potencia de segunda importancia” (DiNunzio 1994, 167).

Por otra parte, los políticos estadounidenses racionalizaron el atraso y la pobreza de América Latina como el resultado natural de su incapacidad para mantener una economía de mercado debidamente estructurada. Partieron de la observación que las cajas fiscales de América Latina usualmente se encuentran en bancarrota. Dada su incapacidad para recaudar impuestos, la región mantiene una abultada deuda y, a pesar de los incumplimientos en su pago, siempre está solicitando nuevos préstamos. Debido a la existencia de este círculo vicioso de endeudamiento, durante el siglo XIX los hombres de negocios estadounidenses “no vieron futuro [en América Latina], salvo la continuación indefinida del régimen hispanoamericano de revoluciones, repudio de la deuda, devaluación monetaria y bancarrota... No puede esperarse buen gobierno ni buena fe demestizos ni negros (Adee 1969, 322).

Obras citadas
Adee, Alvey A. 1969. “Secretary of State Frelinghuysen’s Analysis of Expansion into Latin America”, pp. 322-323 en The Shaping of American Diplomacy: Readings and Documents in American Foreign Relations. 2 vols. Vol. I, 1750-1914, editado y con un comentario de William Appleman Williams. Chicago: Rand McNally & Company.

Berlet, Chip, y Margaret Quigley. 1995. “Theocracy & White Supremacy: Behind the Culture War to Restore Traditional Values”, pp. 15-43 en Eyes Right! Challenging the Right Wing Backlash, editado por Chip Berlet. Boston: South End Press, citando el artículo de Patrick Buchanan “Immigration Reform or Racial Purity”.

Cappon, Lester J., editor. 1959. The Adams-Jefferson Letters: The Complete Correspondence Between Thomas Jefferson and Abigail and John Adams. 2 vols. Vol. II, 1812-1826. Chapel Hill: The University of North Carolina Press.

DiNunzio, Mario R. ed. 1994. Theodore Roosevelt. An American Mind. A Selection from His Writings. New YorkSt. Martin’s Press.

Taft, William Howard. 1973. “Taft’s Veto of Literacy Test for Immigrants”, pp. 77-78 in Documents of American History. 9a. ed. 2 vols. Vol. II, Since 1898, editado por Henry Steele Commager. New York: Appleton-Century-Crofts.

Whitman, Willson, editor. 1945. Jefferson’s Letters. Eau Claire,Wisconsin: E. M. Hale and Company.

lunes, 29 de agosto de 2011


La idea de progreso en el debate político



Fuente La República
Por: José Távara
Profesor PUCP.
La idea de progreso empieza a constituir uno de los ejes centrales en el debate político y puede determinar los resultados de las próximas elecciones –tanto las de octubre como las de abril próximo. El progreso refiere a la acción de ir hacia adelante, de avanzar y perfeccionarse, de mejorar la condición humana. Lo opuesto al progreso es la regresión y el atraso.
Sin embargo, en la vorágine de nuestra época esta idea de progreso puede resultar elusiva, por lo que debemos recordar algunos principios. La Constitución establece que “la defensa de la persona humana y el respeto de su dignidad son el fin supremo de la sociedad y del Estado”. Según este principio, la condición esencial del progreso es reconocer y defender el derecho de todos a una vida digna, en especial de las personas más pobres, que son las más débiles y vulnerables. Las saludables reacciones contra el inmoral DL 1097  nos recuerdan que no puede haber progreso con silencio cómplice e impunidad frente a los crímenes, pues la paz solo puede fundarse en la verdad y la justicia, como base de la reconciliación.  Las controversias y los silencios sobre este tema permiten distinguir muy bien a aquellos que están con el progreso de aquellos que están con la barbarie.
Una sociedad progresista construye ciudades inclusivas, sus líderes trabajan por elevar la calidad de vida y brindar seguridad a sus ciudadanos, sin subordinarse a los negocios y las ganancias privadas. El progreso no es sinónimo de crecimiento inmobiliario, sino que exige la defensa de nuestro hábitat y la creación de espacios públicos abiertos a todos. También supone la provisión eficiente de servicios públicos fundamentales como la seguridad y el transporte, hoy sumidos en el caos por la desregulación irresponsable y el debilitamiento del Estado. El progreso requiere de líderes regionales capaces  de asumir con firmeza sus funciones, de concentrar sus energías en reformas críticas, como en educación y salud, de elevar los estándares de transparencia y enfrentar la corrupción en todas sus formas.
Además, en un país culturalmente diverso y complejo como el nuestro, las agrupaciones caudillistas y los clanes con líderes hereditarios son sinónimo de atraso. El progreso sólo puede sustentarse en organizaciones democráticas, tolerantes y abiertas a todas las culturas, dispuestas a renovar su liderazgo y sus propuestas con la participación activa de los jóvenes. No puede haber progreso sin libertad para soñar en una sociedad más justa, con mayor calidad de vida, lo cual exige infundir confianza y promover acuerdos cada vez más amplios. Un signo evidente de atraso es la prédica dirigida a infundir miedo en las propuestas innovadoras de cambio y desarrollo, apelando a reacciones instintivas que bloquean el razonamiento, siembran divisiones y alientan proyectos autoritarios.
Las nuevas ideas del progreso en economía parten de reconocer los límites de los modelos de crecimiento que degradan el medio ambiente, reproducen las desigualdades, reducen la calidad de vida de las generaciones actuales y amenazan la sobrevivencia de generaciones futuras. Desde esta perspectiva, el progreso no es sinónimo de crecimiento, sino que más bien exige innovar y reorientar nuestra civilización, adoptando nuevas tecnologías y patrones de consumo, a fin de elevar la calidad de vida de todas las personas.
Definidos así los campos, es natural que los líderes políticos – incluso los más retrógrados– aspiren a proyectar una imagen de progreso, atribuyendo a sus rivales la defensa de ideas atrasadas y fracasadas. Y usted, amigo lector, ¿podrá distinguir a los líderes progresistas de “los dinosaurios”?

Política adulta


Por Jorge Bruce

El paso del estado mental propio de una campaña política al de la situación de Gobierno es análogo al que va de la adolescencia a la adultez. En el primero nos desenvolvemos en el ámbito de los ideales y los deseos. En el segundo ingresamos en la realidad de las fuerzas en juego. Mientras el caso previo se caracteriza por cierta efervescencia del ánimo que se expresa en discursos exaltados, una vez en el poder el peso de las responsabilidades exige moderación y reflexión. Aquellos que no lo comprenden a tiempo suelen seguir el vuelo flamígero de Ícaro.
Ahí está el ejemplo de Martha Chávez, cuya gritería desaforada y sin límites es típica de las efusiones fanáticas de la adolescencia. Lo mismo puede decirse de Antauro Humala, cuyas declaraciones espontáneas a Caretas, anunciando su pronta libertad, son de un candor omnipotente que también raya en el fanatismo inmaduro e imprudente.
No solo quienes acceden al Gobierno o a la oposición tienen que identificar y asumir este tránsito frustrante: es tarea de todos. Resulta frustrante porque hay un placer inherente a los periodos en que nos permitimos soñar con mundos ideales. Abandonar esa fantasía implica un cierto trabajo de duelo. Otro que tuvo dificultades para salir de este estado e ingresar en el de la realpolitik fue Toledo. ¿Recuerdan sus declaraciones en los primeros días de su mandato cuando comentó lo fácil que resultaba gobernar? Poco después el Perú se encargó de restregarle lo delirante y precipitado de su alarde.
Todos, repito, tenemos que incorporar este nuevo orden de cosas. Esto significa pasar de las expectativas grandiosas y narcisistas, tan gratificantes, al escepticismo no exento de vigilancia y exigencia de cambio. Así, cuando vemos que el presidente hace una elección tan desacertada como la de Roy Gates como su asesor legal, nos toca denunciar este despropósito y presionar para que lo rectifique: sobran abogados mucho más competentes y de mejor hoja de servicios. Lo mismo cuando desconfiamos de ex oficiales cercanos al montesinismo en el entorno presidencial, como Adrián Villafuerte. Lo adulto no consiste en aceptar estas decisiones con cinismo y tomarse un trago, mascullando el retorno de la normalidad, pero tampoco salir corriendo a proclamar que este es un régimen corrupto e incapaz. Es muy temprano para saberlo.
Por ahora queda claro que el reacomodo se traduce en algunos gestos improvisados, de amateur, que deben ser corregidos. Susana Baca es una cantante muy querida; lo que no se entiende es de qué modo ese cariño la califica para dirigir una cartera tan compleja como la de Cultura. Hay también designaciones certeras, como las de Relaciones Exteriores, Agricultura o Educación. Lo mismo puede decirse del premier, un hombre experimentado a quien el presidente parece respetar. Ojalá tenga la capacidad de hacer ver a Humala las posibilidades y limitaciones del nuevo escenario, contrapesando su tendencia a refugiarse en el espacio “familiar”.
Uno de los problemas del poder es que genera una euforia que obnubila, pero secretamente asusta: es contrafóbico. Algunos de estos bandazos se explican por la dificultad para asimilar ese desafío.

viernes, 29 de abril de 2011


Si el régimen político no es de izquierda, no es democrático (o el blues de los intocables)


La República

Por  Alberto Vergara (*)
28 de febrero de 2010
Let’s sing another song, boys,
this one has grown old and bitter.

Leonard Cohen


Durante las últimas semanas, la página editorial de este periódico ha sido tribuna de un enconado debate entre varios de sus columnistas. Los involucrados han sido Alberto Adrianzén y Nicolás Lynch, en una esquina y, en la de enfrente, Martín Tanaka. El origen de la discusión está en los artículos de este último criticando moderadamente los libros que recientemente publicaron Lynch y Adrianzén. Pero las respuestas han sido agrias. Nicolás Lynch trató a Tanaka de “malagua” y le achacó una “epistemología de supermercado”. Adrianzén, menos fosforito, le increpó ser un defensor del orden social prevaleciente.

¿A qué se debe la vehemencia en las respuestas de Lynch y Adrianzén? Aunque son varios los temas que animan este debate, quisiera detenerme en dos aspectos especialmente pertinentes. 

Primer punto: ¿el régimen democrático debe ser de izquierda? La pregunta puede sonar absurda pero no lo es ya que en los escritos de Lynch y Adrianzén tal ecuación es siempre sugerida. Permanentemente, mencionan que “Toledo frustra la transición” (Lynch, 9 de febrero). La frustración, desde luego, proviene de haber mantenido el régimen económico neoliberal. Debemos asumir, entonces, que para ellos en el Perú carecemos de una democracia ya que una transición frustrada, por definición, es una que no desembocó en el régimen democrático.

El argumento parece ser la versión contemporánea de uno que la izquierda solía utilizar en los ochenta. El movimiento popular y movilizado que había derrocado a la dictadura de Morales Bermúdez no encontró un espacio en el juego de las instituciones democráticas que se abrieron con la Asamblea Constituyente de 1978. Lo que se recuperó fueron “solamente” las dimensiones políticas de la ciudadanía (básicamente el derecho al voto) pero se dejaron de lado las dimensiones sociales y económicas. Así fue que Lynch bautizó a aquella transición como “conservadora” (Ver “La transición conservadora. Movimiento social y democracia en el Perú 1975-1978”. Lima, Ediciones El zorro de abajo, 1992). Tal era el desagrado con la institucionalidad surgida de aquella transición que la representación izquierdista en la Asamblea Constituyente (¡un tercio!) se negó a suscribir la Constitución de 1979. Y posteriormente, de 1980 a 1985, solo tuvo palabras de desprecio para el gobierno de Acción Popular. Es por lo menos curioso que varios ex militantes de aquella izquierda hoy echen de menos la constitución que negaron y se deshagan en mimos nostálgicos hacia Valentín Paniagua, prominente líder de aquel gobierno que solo supieron insultar.

En fin, el argumento está de vuelta treinta años después: los ocho meses en que Valentín Paniagua fue presidente contenían el germen de una refundación republicana en la que no solo cambiaría el régimen político sino el modelo económico neoliberal (inseparable de la dictadura fujimorista). Para avalar esta idea, Adrianzén (13 de febrero) cita unas frases de Paniagua en que, efectivamente, don Valentín alude a una refundación republicana… ¡pero nunca alude a deshacerse del modelo económico neoliberal! Debo confesar que me perpleja este trapicheo con el recuerdo de Paniagua. Según Adrianzén, “las ideas de Paniagua, en cierta forma, eran cercanas a las que se viven actualmente en los países andinos”. ¿Perdón? Paniagua, que estudió y defendió toda su vida el constitucionalismo y el imperio de la ley contra el militarismo y el caudillismo, ¿estaría entusiasmado con caudillos plebiscitarios que cambian las constituciones como les da la gana para perpetuarse en el poder? 

Y luego llegan las “traiciones”. Según Lynch y Adrianzén, Toledo se burló del electorado pues olvidó sus promesas electorales del 2001. A ver, Toledo nunca fue ni nacionalista ni socialista. La idea de un Toledo traidor no tiene pies ni cabeza. Aquí les va una pista: Mario Vargas Llosa apoyó su candidatura el 2001. ¿De dónde sacaron, entonces, las esperanzas de que Toledo fuese un Humala avant la lettre? Más bien, creo que Tanaka tiene razón cuando afirma que estos intelectuales se han ido radicalizando en los últimos años, alejándose de posiciones socialdemócratas para terminar de groupies de un caudillo nacionalista. Y luego aparece la traición de García. Según Lynch (6 de febrero), García candidato había utilizado una retórica inflamada contra el TLC y finalmente traicionó ese discurso al moderarse y dar luz verde a dicho tratado. Pero esto es incorrecto. Quien se opuso abiertamente fue Humala. García, cínica y hábilmente, puso montones de reparos al TLC sin dejar en claro si lo firmaría o rechazaría. De hecho, esta fue una de las sinuosas estrategias por las cuales terminó estando a la derecha de Humala (que lo rechazaba tajantemente) y a la izquierda de Lourdes Flores (que lo aceptaba sin reservas), consiguiendo así avanzar a la segunda vuelta. 

El problema, entonces, no son las traiciones, sino los sueños transicionales. Durante las transiciones nuestros intelectuales orgánicos suelen imaginar el advenimiento de un movimiento “plebeyo” que tomará el Estado y luego, ¡zas!, se despiertan con el baldazo de agua fría de las elecciones. En lugar de cargar las tintas contra el régimen político (contra las reglas del juego democrático), sería más justo que dediquen ese esfuerzo a analizar por qué sus opciones preferidas –a pesar de la enorme cantidad de votos recibidos el 2006 tanto en la presidencial como en el congreso—, no han logrado consolidar una agenda o un partido. En resumen, si Toledo o García hubiesen gobernado como Adrianzén y Lynch fantaseaban, el régimen político sería democrático. O sea, para ellos el carácter democrático del régimen no proviene de la sucesión de elecciones limpias y justas, sino de las políticas públicas que los gobernantes deberían haber puesto en marcha. 

Segundo punto. La objetividad y el activismo del científico social. Aquí quien ha lanzado la frase clave es Nelson Manrique: Tú también tienes ideología, le ha dicho a Tanaka. Y todos han secundado esta idea de que la crítica se realiza desde alguna posición política y, por lo tanto, no se debe ir por la vida pretendiendo la “objetividad”. Pero digamos lo evidente: los libros y los artículos pueden ser deficientes o logrados, mejores o peores, independientemente de la orientación política que ellos o sus autores tengan. La posibilidad de verificar ciertos niveles de calidad objetivos es lo que permite que la academia y el debate de ideas sobrevivan. Los libros de Manrique son estupendos porque cumplen con estos estándares y no porque sean de izquierda.

¿Cuál es la utilidad de exigir a quienes reseñan libros que anuncien en qué equipo político juegan? Peor aún, ¿por qué asumir que todos juegan en algún proyecto político? Yo le veo una intención muy clara. Es la vía por la cual todos los argumentos valen lo mismo, todos los libros terminan reducidos a ser expresión de una ideología, todos serían expresión de unos “intereses” particulares. Se instaura el relativismo más nocivo para el conocimiento pues nadie tendría ideas o hallazgos originales sino apenas reflejos de una agenda política implícita o explícita ¿Y a quién favorecería todo este relativismo? A quienes escriben libros deficientes. 


(*) Politólogo