miércoles, 11 de julio de 2012


Espejismos Zurdos


Escrito por José Alejandro Godoy
02 de julio de 2012
La semana pasada, en su columna en La República, Steve Levitsky observó agudamente la construcción de una imagen fantasmal sobre la izquierda peruana por parte de la derecha conservadora del país. Con ello, se busca caricaturizar al sector progresista como peligroso para la estabilidad del país, pero, además de denostarlo, se sobrevalora su peso político específico.
Las imágenes falaces sobre la izquierda también se encuentran en sus propios adeptos. Un análisis de la actuación de los diversos grupos pertenecientes a esta parte del espectro político durante los últimos años permite arribar a esta conclusión.
Los pequeños grupos zurdos que se aliaron con Ollanta Humala entre 2006 y 2011 vieron en él a un nuevo caudillo que podría hacer medidas económicas parecidas a las adoptadas por gobiernos radicales en la región. Confiaban en que la relación forjada durante todas las protestas contra Alan García, así como el desarrollo de un plan de gobierno con un lenguaje furibundo contra “el modelo económico neoliberal” forjarían los cambios que hace años tenían en su agenda.
Ellos no notaron varios signos opuestos a esta percepción. El Partido Nacionalista Peruano es un proyecto familiar donde los espacios de coordinación para una marcha no consolidaron la alianza con la izquierda. Dicha convivencia no llevó a mecanismos de acuerdos o democracia interna, pues basta recordar cómo se armó su lista parlamentariaLa adopción del modelo brasilero fue más allá del marketing, dado que implicó asumir los activos (inversión privada a gran escala y programas sociales) y pasivos (tensiones con movimientos sociales y ambientalistas) de esta decisión.
Los sectores progresistas tampoco calibraron que Humala tenía pocas convicciones ideológicas. También estimaron en demasía su capacidad de conexión con los impulsores de las protestas sociales y su propia influencia en el gobierno. Por ello fue fácil desprenderse de ellos con la salida de Lerner Ghitis.
Otro fantasma cunde entre quienes propugnan la existencia de una izquierda verde con posibilidades electorales en 2016, a partir de los movimientos forjados al calor de los conflictos socioambientales. Al enfatizar únicamente su carácter ecologista, se subvalora la importancia de las demandas materiales de estos grupos como mayor justiprecio por terrenos, más empleos y una mejor redistribución de la renta minera. En el caso de Conga, la protesta gira sobre la desconfianza hacia una empresa con mala trayectoria frente a su entorno.
Por ello resalta en el flanco zurdo la enmienda de rumbo realizada en la gestión municipal de Susana Villarán. Fuerza Social percibió que una agenda concentrada en aspectos menos tangibles marcaría la diferencia con un antecesor fascinado con el cemento. Ante la amenaza de la revocatoria, la Municipalidad Metropolitana de Lima corrigió prioridades, se vieron más obras y los esfuerzos se concentraron en la reforma del transporte. Los resultados comienzan a apreciarse en las encuestas.
La izquierda peruana requiere más organización, pero también menos espejismos sobre sí misma.
(Columna publicada en El Comercio el 29.06.2012)

El Fantasma de la Izquierda




El fantasma de una izquierda radical y violenta se utiliza para justificar medidas represivas, como el arresto de alcaldes y activistas de derechos humanos.  Pero la realidad es otra.  Como ha señalado Eduardo Dargent, la izquierda peruana es muy débil. De hecho, es una de las más débiles de América Latina (junto con Guatemala, Panamá, y Paraguay).  Los partidos de izquierda son casi inexistentes.  Desde la caída de Fujimori, ninguno llega al 1% del voto nacional. Algunos candidatos izquierdistas ganan elecciones regionales, pero son liderazgos locales sin movimientos fuertes o vínculos nacionales importantes.
Tampoco existen movimientos sociales de izquierda con alcance nacional.  Los movimientos de protesta en provincias son fuertes, pero localizados.  Los grupos que movilizan en Amazonas, Puno, Cajamarca y Cusco son muy heterogéneos. Y a diferencia de Bolivia o Ecuador no existe una organización o una identidad que los abarca.  Hay esfuerzos para coordinar actividades, pero están muy lejos de formar un movimiento nacional.  Y, sobre todo, a diferencia de Quito o La Paz, la protesta está ausente en Lima.  Hoy el fujimorismo tiene más presencia en los sectores populares urbanos que la izquierda.
Gregorio Santos no es Evo Morales.  No tiene el talento, la base social o la organización que tenía Morales.  Sus posibilidades de llegar a la presidencia son menores que las que tienen la selección peruana de llegar al Mundial (que son nulos; sorry). Es más probable que termine como Pizango o Aduviri: una figura marginal en la política nacional.
¿Cómo se explica la debilidad de la izquierda peruana? En parte, es un legado de los años 80. SL no solo penetró y destruyó  muchas organizaciones sociales afines a la izquierda, sino también generó un fuerte anti-izquierdismo –un rechazo visceral hacia los grupos, discursos y protestas radicales– que no existe en países como Bolivia o Ecuador. Un legado de Sendero –pero también de los vínculos que mantuvo la IU con el MRTA– es la tendencia de vincular la izquierda y la protesta con la violencia. Es muy fácil asociar a los activistas de izquierda con SL como hizo Rosa María Palacios esta semana. Eso trae costos políticos para la izquierda.
Pero la debilidad de la izquierda también se debe a la falta de organización. Los partidos de izquierda más fuertes –el PT en Brasil, el socialismo chileno, el Frente Amplio uruguayo, y ahora el MAS boliviano– tienen organizaciones fuertes. Estas organizaciones no se construyen de la nada. El FA uruguayo tiene una base sindical;  el PT se construyó sobre sindicatos y organizaciones sociales apadrinados por la Iglesia; el MAS sobre un conjunto de movimientos sociales (sindicatos, cocaleros, juntas vecinales, grupos de campesinos e indígenas).  En el Perú, la izquierda no solo carece de organización, sino también de infraestructura sobre la cual podría construir una organización. El sindicalismo es débil; no existe una organización indígena o campesina fuerte como CONAIE en Ecuador o CSUTCB en Bolivia; y la Iglesia ya no promueve la organización popular.  Es muy difícil construir un movimiento político sin organización. 
La izquierda no es la única fuerza con problemas de organización. La derecha tampoco ha podido construir un partido. Los planes que circulan para formar un Partido Liberal suenan tan poco realistas como los planes para construir una nueva Izquierda Unida.
Pero hay una diferencia. La derecha puede ejercer poder sin partido.  Tiene más recursos; tiene varios medios de comunicación; y en última instancia, los empresarios tienen la amenaza de no invertir. Como acabamos de ver en 2011, la derecha peruana es perfectamente capaz de defender sus intereses sin ganar las elecciones.  La izquierda, en cambio, necesita organización. Sin ella pierde influencia aun cuando ganan sus candidatos.
Una izquierda (democrática) fuerte haría bien a la democracia peruana. Primero, ayudaría a combatir la desigualdad, que siempre atenta contra la democracia. Varios estudios demuestran que la democracia dura menos en sociedades con mucha desigualdad. Y según estudios de los países industrializados, la generosidad de las políticas redistributivas se asocia con la fortaleza de la izquierda. Dicho de otra manera: donde existe una izquierda fuerte, hay más redistribución y menos desigualdad. Y donde hay menos desigualdad, la democracia dura más.
Una izquierda fuerte también ayuda a evitar el populismo.  Donde existe un partido de izquierda fuerte, como en Brasil, Chile, y Uruguay, el descontento popular se expresa a través de canales institucionales, cerrando el espacio a los outsiders anti-sistema.  En cambio, el colapso de los partidos que representan a los sectores populares genera un espacio enorme para los populistas, como ocurrió en el Perú en 1990 y Venezuela en 1998.
Pero nos guste o no, la izquierda peruana es débil. La protesta radical podría amenazar a ciertos proyectos mineros (si las empresas y el gobierno actúan con torpeza), al gobierno, al régimen o al Estado.  Las versiones exageradas sobre la amenaza que representa Santos u otros activistas de izquierda solo sirven para justificar medidas represivas que debilitan a la las instituciones democráticas.
De hecho, una política represiva podría fortalecer y radicalizar a la izquierda, convirtiendo en realidad el fantasma que tanto  asusta algunos comentaristas de derecha.

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